
Como va el mundo, empiezo a pensar que Basilio Belliard tenía razón aquella tarde en que me dijo, con una calma que ahora entiendo, que algún día solo leeríamos los clásicos que llevamos en el ADN.
Los demás quedarían flotando en la nube, tan lejos como las estrellas que ya no miramos. No sé qué leerá mi nieto cuando le toque inventarse su mundo, pero por si acaso le guardo algunos libros.
Cervantes, Borges, Lorca… un pequeño arsenal contra el olvido. Siete años me separan de verlo abrirlos. Ojalá los toque como quien abre una puerta.
El otro día mi mujer me llamó y me sentó frente a una pantalla. “Mira lo que puede hacer la inteligencia artificial”, dijo. La máquina le diseñó una dieta, le organizó la semana y hasta escribió la lista de la compra.
Vi nombres de frutas y verduras. Me quedé en silencio. Pensé que tal vez, de aquí a poco, solo se nos pedirá saber formular una pregunta. Y que el resto —el pensar, el deducir, el crear— lo harán otros. Otros que no duermen, no dudan, no recuerdan.
Me preocupa que en ese futuro alguien pueda vivir sin saber quién fue Borges, sin la experiencia de perderse en sus laberintos de papel. O que nunca entienda cómo Cervantes tejió su idioma hasta dejarlo vibrando. El lenguaje se cultiva en la lucha con las palabras, en el silencio que queda cuando una frase por fin dice lo que tenía que decir.
"Me preocupa que en ese futuro alguien pueda vivir sin saber quién fue Borges, sin la experiencia de perderse en sus laberintos de papel. O que nunca entienda cómo Cervantes tejió su idioma hasta dejarlo vibrando".
Marino Beriguete.
Yo, al menos, sigo buscando en los libros. No escribo ya a máquina, pero a veces echo de menos su ruido, como quien echa de menos una lluvia antigua. Voy a Whitman para escuchar cómo termina un poema y a Lorca para ver dónde deja caer la sombra. Y en Juarroz descubro que un poema puede ser una escalera que sube y baja al mismo tiempo.

Jorge Luis Borges, escritor argentino.
Porque escribir no es solo producir frases: es someterse a una disciplina, ejercitar la memoria, la imaginación y el juicio crítico. Escribir es pensar. Y esa gimnasia intelectual, que los libros prolongan y transmiten, difícilmente puede ser sustituida por un algoritmo, por más prodigioso que parezca.
La inteligencia artificial será una herramienta útil, sin duda, pero no conviene confundirla con aquello que hace de la literatura una experiencia irreemplazable: el diálogo secreto entre autor y lector, la lenta maduración de las ideas, la fricción que enriquece la conciencia.
Mientras exista esa necesidad de comprender y de comprendernos, los libros seguirán ahí, recordándonos que el conocimiento verdadero no se recibe hecho, sino que se conquista con esfuerzo y con libertad.

Miguel De Cervantes Saavedra.
